Pantasmas que asoman ao pantano de Yesa (Tiermas)

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Cando lin a reportaxe “Fantasmas que asoman al pantano de Yesa” publicada no diario elcorreo.com e vin a igrexa do pobo expropiado de Tiermas non tardei máis dun minuto en decidir que tiña que visitalo. Achegarme para imaxinar o que sentiron os case 900 habitantes que poboaron esta fermosa vila, que foron víctimas do pantano de Yesa asistindo impotentes á anegación das súas terras de cultivo.

Fantasmas que asoman al Pantano de Yesa (Fonte: elcorreo.com)

Las primeras luces del alba se deslizan sobre Ruesta con pereza, como una cortina que se enganchara en las zarzas. Es otoño y los frutos de la morera, negros y jugosos, compiten con el rojo lujurioso que asoma a las ramas del espino albar. El pueblo es una sombra de lo que fue, y los muros de la iglesia, el ayuntamiento o la escuela son como una herida abierta que el paso del tiempo no ha logrado cerrar del todo. Los árboles se han apropiado de las casas y crecen sin control, entre cascotes y puertas desvencijadas, como un inquilino descuidado. Hace cincuenta años que no hay niños, y sus gritos son un eco al que ponen música las bandadas de gorriones y arrendajos que campan a sus anchas. Domina el paisaje el castillo, apenas dos torres que conservan el equilibrio a duras penas y que soportan peor el abandono que las embestidas de los ejércitos árabes. Los peregrinos del tramo aragonés del Camino de Santiago recuperan fuerzas antes de lanzarse al asalto de Sangüesa: a unos les basta con una cerveza; otros se deciden a hacer noche en el albergue que rehabilitó -quién lo iba a decir- la CGT, el único edificio que no desafía las leyes de la gravedad.

En el frontón, alguien ha pintado un mural que simula el mar, la iglesia se utiliza como almacén de obra y un cartel recuerda a los extraños que el pueblo, pese a lo que pueda parecer, tiene un habitante. Alfredo atiende el bar convenientemente escoltado por dos pastores alemanes: uno corre a refugiarse en cuanto caen cuatro gotas, mientras el otro -Oza, de 6 meses- alza la cabeza suplicando una caricia. “Es como mi sombra”, susurra Alfredo, que llegó con el sindicato y ya no se quiso marchar. “¿Aburrirme? Si lo mejor empieza ahora, cuando acaba el verano y se van todos”. Estamos a mediados de octubre y las moscas no dan cuartel, “a ver si viene la tronada y se las lleva al Roncal”. El único habitante de Ruesta acaba de volver de fiestas del Pilar y ha descorchado una botella de vino. “Nada como un clavo para sacar otro clavo”, dice. Viene del Valle de Hecho y no teme a los fantasmas. Aquí abundan al menos desde el 63, cuando expropiaron las tierras de cultivo para construir el embalse de Yesa, obligando a la gente que vivía de ellas a abandonar también sus pueblos.

El castillo, que dicen construyó Iñigo Arista y luego fue propiedad de una familia judía, tiene una vista privilegiada del embalse. “Aquí había tres niveles, huertas, cereal y frutales, donde ahora hay pinos. Los plantaron para evitar la erosión y que los derrumbes colmatasen el vaso”, relata Alfredo, mientras mira los otros pueblos que se asoman al pantano. “Allí, en Tiermas, vive Ana, aunque un navarro ha comprado el pueblo y quiere levantar una urbanización. En Escos han quedado dos hermanos que tienen rebaños de ovejas”. Son los irreductibles, los flecos que se resisten a desaparecer por mucho que el sentido común aconseje lo contrario. Se expropiaron 8.500 hectáreas, aunque solo se anegaron 4.000. Eso no impidió, sin embargo, que 1.500 personas tuvieran que buscarse otro hogar, abandonando en muchos casos el que había sido el solar familiar desde hacía siglos. Los ecologistas recuerdan que lo ocurrido aquí se vivió en otros 25 pueblos de Aragón, ascendiendo el número de damnificados a 3.000.

En la Edad Media, un puente sobre el río comunicaba Ruesta con Tiermas a la altura del manantial de aguas sulfurosas que brota a 38º desde el tiempo de los romanos y que ahora solo queda al descubierto en septiembre y octubre, cuando el embalse está bajo mínimos. Aquí había un balneario, el Infanta Isabel, la hermana de Alfonso XII que frecuentaba la zona para tomar unas aguas famosas por sus propiedades terapéuticas. De aquel edificio, con capacidad para 150 clientes y que llegó a emplear a decenas de lugareños, solo quedan ruinas, aunque el recuerdo sigue vivo como demuestran las nubes de coches que aguardan en batería en los arcenes, mientras sus dueños se tumban en las pozas y bajo los caños y se embadurnan de barro. Acuden por decenas, pertrechados con sillas plegables, camisetas de Iron Maiden y raciones de tortilla de patata y pollo empanado envueltas en papel de plata.

Arriba, colgado sobre un otero, está Tiermas. Tres kilómetros lo separan de Navarra. Una valla impide el paso a los vehículos, pero no consigue desanimar a los peatones. El pueblo está invadido de carrascales, pinos, endrinos y boj. Y helechos, muchos helechos, por todas partes, como las zarzas que se abren camino por lo que fueron calles y plazas. Cuesta creer que el pueblo llegara a tener casi 900 habitantes. Dicen que aquí hubo dos colegios -y un tercero abajo, en el balneario- y ultramarinos como el de Casa Gil o La Mariana, donde ahora hay paredes cubiertas de grafittis, hogueras y vigas que aguantan nadie sabe muy bien cómo ni por cuanto tiempo. Se conservan balcones de madera como el de Casa Urbano, como un decorado de película que luciera falso tras desplomarse el resto del edificio. Por cierto, ni rastro de Ana.

Pero la estrella del pueblo es, sin duda, la iglesia de San Miguel Arcángel, con la escuela de las niñas a la izquierda del arco de entrada. Su interior está devastado, árboles creciendo en la nave central y un preocupante boquete abierto en lo que debía ser el coro. Hay otro agujero, aún mayor, sobre el frente que ocupaba el altar mayor y donde ahora se cuelan los cárabos, quizá atraídos por la paloma pintada al fresco que simboliza al Espíritu Santo. Latas de combustible y botellas sustituyen lo que en otro tiempo fueron cornucopias y libros de salmos, aunque el retablo lleva décadas a salvo en la iglesia parroquial de Broto (Huesca). El único sonido es el del viento que silba por grietas y desconchones, y arranca quejidos a la escalera que, herida de muerte, conduce hasta el campanario.

Abajo, en la vega sometida a esa suerte de mareas que depende más de las estaciones que de la Luna, la carretera zigzaguea hacia el este, dejando a su derecha el embalse y el manantial de aguas sulfurosas. El paisaje está dominado por el lienzo de peñas de la Sierra de Leyre que vigila el río Aragón, su curso más reconocible que nunca cuando baja el nivel del pantano. Aquí empieza la Jacetania, esa comarca de reminiscencias medievales y corazón pirenaico, que más al norte se volverá frondosa, pero que aquí, en el llano, discurre entre ocres y grises; donde la lluvia deja grietas en las laderas de tierra apelmazada, sin jugo, y se abren foces y cañadas. En los aleros y carrascales surgen los ‘abejares’, que es como llaman por estas tierras a las colmenas, delatadas por ese zumbido perenne.

La presa ha dejado su huella en taludes y uno puede seguir el nivel de las aguas como si fuera un ejercicio de arqueología. El debate que abrió el pantano es lo único que no se seca. Frente a quienes abogan por recrecer el embalse invocando el bien común, los habitantes de los pueblos vecinos y los ecologistas niegan rentabilidad al proyecto y arremeten contra la Diputación General de Aragón y el Ministerio de Medio Ambiente. Las pintadas de condena se suceden, recordando que no hay tregua posible. Las gentes de lugar dirigen la vista a Esco y no pueden evitar pensar aquello de que cuando veas las barbas de tu vecino cortar, conviene poner las tuyas a remojar. Fue el último pueblo en ser abandonado, allá por los años 70, aunque no del todo. Quedan dos de los tres hijos de Félix Guallar, que pastorean ovejas y a los que a diario se puede ver atravesar la carretera con sus rebaños. Ellos y su perro. Su ladrido tiene mucho de impostura: no puede evitar dar dos pasos atrás cada vez que enseña los dientes.

Esco produce un estremecimiento la primera vez que se ve. Un escueto cartel en la carretera, los campos batidos por el viento y un transformador eléctrico ya jubilado dan al conjunto un aspecto como de pueblo del Oeste. Hasta que uno se fija en los muros de la iglesia -también bajo la advocación de San Miguel, como en Tiermas- y no puede evitar pensar en la abadía de ‘El nombre de la rosa’, firme contra las tormentas que llegan del cielo y de la ira de los hombres. Su interior expoliado parece cobijar el lado oscuro de la fuerza y una viga atravesada recuerda el paso de unos Erasmus con ganas de juerga. Quizá sea el pueblo más pintoresco, con su calle mayor de piedras desencajadas e invadida de rastrojos, y las puertas de las casas recordando una y cien veces ‘No pasar’, como si los supervivientes esperaran emboscados una carga de regulares de un momento para otro.

Nada de lo que hay alrededor recuerda esos campos feraces, fertilizados por la crecida de los ríos. Había una escuela donde venían los niños de los pueblos vecinos cuando estos daban ya sus estertores, pero quedó borrada del mapa como esos encerados a los que el paso del borrador ha dejado ya sin lustre. Y el cementerio, con diferencia lo mejor conservado del lugar; la mampostería remozada y la puerta cerrada con un candado lustroso. Los hierbajos se han adueñado del interior hasta alcanzar casi la altura de un campo de trigo, pero alguien ha colocado una placa donde se puede leer ‘En recuerdo de todos los que aquí descansan’, protegida por una verja recién pintada. La fórmula empleada, tan genérica, no es gratuita. Evita dejarse a nadie en el tintero y que corra la misma suerte que el pueblo que le vio nacer.